En pleno siglo XXI se cierne sobre el mundo una mortandad sin precedentes. El SARS-CoV-2, un tipo de coronavirus, desencadena una de las pandemias más agresivas que tenga memoria la humanidad. En pocas semanas se ha diseminado por el mundo entero atravesando fronteras y océanos, desde Asia hasta las Américas, infectando y matando a millones de personas. Las naciones están en alerta máxima y las comunidades científicas desconcertadas investigan los mecanismos de patogenicidad del virus y las medidas de control, con escasos resultados aún.
Los últimos cuatro meses del año han sido, sin lugar a dudas, los más angustiosos y difíciles de los últimos años. Nuestros hospitales se han visto colapsados por esta emergencia sanitaria, las salas de cuidados especiales, medicina interna y unidades críticas han sido exigidas al máximo; estamos en presencia de la más grande epidemia de los últimos siglos. Las naciones han desarrollado planes de contingencia con el objeto de confinar la enfermedad, las familias en todo el mundo están necesariamente en cuarentena para evitar la propagación de la infección. Se ha derramado sobre el mundo la desolación con ímpetu y la desesperanza. Hay un grito de angustia en la sociedad.
Pese a los esfuerzos sostenidos por unidades gubernamentales y activos en salud, hasta el momento no se ha logrado desarrollar una cura probada contra la infección ni tampoco se vislumbran vacunas preventivas, de modo que las miradas están puestas ansiosamente en las comunidades científicas y en los líderes de las diferentes organizaciones mundiales. El escenario mundial es adverso, y la peor noticia es que no hay estigmas de que esto vaya a ceder pronto; los epidemiólogos establecen que esto durará a lo menos dos años más, y ya hay un alarmante 2.9 millones de personas infectadas en el mundo y 208.000 muertos.
La Pandemia por SARS CoV2 ha ido consumiendo la vida de la población de forma estrepitosa y alarmante. Se asume ya, una clara equivalencia entre coronavirus y muerte.
Soy parte del personal sanitario que está en la primera línea de atención y trabajo en la unidad critica de mi hospital. He visto temor y miedo por doquier, es evidente que nadie quiere contagiarse porque la muerte parece ser el próximo paso a la infección. Hay una lucha incesante por doblegarle la mano a este agresivo virus, con resultados que no han sido alentadores.
Hace pocos días mientras tomaba contacto telefónico con el familiar tutelar de un paciente al que se le había diagnosticado infección por Coronavirus, con desesperanza se lamentaba y decía:"¿Qué más podríamos hacer nosotros?, hemos asumido que ya no hay solución alguna para esto: Sólo nos queda esperar la muerte. Sólo oraremos para que ustedes como personal de salud no se infecten".
Esa desolación se siente palpitante en todo lugar. La población parece fenecer enclaustrada en sus hogares, mientras la tristeza y la muerte rondan las calles de la ciudad, como si todo hubiese acabado.
Sin embargo, frente al desolador panorama mundial y al deletéreo efecto del COVID-19 en sus aspectos sanitario, socio-demográfico y económico, hay aún una esperanza más firme e inconmovible que los cielos en Jehová, el Dios Todopoderoso.
El propósito de este libro es exponer ampliamente diferentes aspectos relacionados con la confianza en Dios a la luz de los hechos mundiales de los últimos días y bajo el respaldo de las sagradas escrituras, la cual con más fuerza que nunca nos dice que "En Dios está mi salvación y mi gloria; En Dios está mi roca fuerte y mi refugio" (Salmo 62:7).
La respuesta de muchas personas en esta emergencia ha sido la desesperación, adoptando una actitud de confinamiento pasivo se han visto envueltos por el miedo a la muerte. Sin embargo en tiempos de Pandemia hay un llamado poderoso a depositar todas nuestras esperanzas en Dios a pesar de la aflicción. Es tiempo de confiar en Dios, sabiendo que en los cielos tenemos un Dios grande que se compadece y promete cuidar de los suyos y consolarles en todo tiempo. El Salmo 73:25 lo promueve así: "¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra".
Estimado lector, ¿Qué más podría desear usted en estos difíciles días sino el cuidado y cobertura protectora de Jesús?, aquel que amó de tal manera a la humanidad que se ofrendó por ella, y prefiriendo la cruz dio su preciosa vida en rescate amoroso por todos.
Este libro es un poderoso llamado hacia un nuevo tiempo de creer en Dios con una fe indispensable e inquebrantable, es un llamado a aceptar la voluntad de Dios en días donde se vislumbra el inminente retorno de Jesús a la tierra. Basado en sobradas referencias bíblicas es un llamado profundo al arrepentimiento verdadero.
Hay evidencia suficiente que revela como este Dios de juicio es también el Dios que libera de la aflicción, que borra las rebeliones del ser humano y que sana nuestra tierra. Es Jehová Dios fuerte y sus recursos en gloria son suficientes para librar a los suyos del temor y el tormento. Medite usted en el Salmo 34:4 que dice: "Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores".
La búsqueda incesante de Dios en estos días de crisis lo guiará necesariamente a un tiempo de Alabanza y de oración, herramientas indispensables para atravesar el valle de sombra y de muerte. Claro está, esperamos una cura pronta por parte de la ciencia, un fármaco o una vacuna, pero por encima de aquello el pueblo de Dios debe esperar confiadamente un tiempo de refrigerio en el amado de nuestras almas, depositando toda su ansiedad en Él, porque Él tiene cuidado de su pueblo (1° Pedro 5:7).
Amparado bajo las sombras de sus alas, y confiado en la misericordia eterna de Dios, podrá encontrar usted un socorro oportuno y liberación en días de confinamiento. Es menester que sepa que aun en tiempos de pandemia, hay aún un tiempo de consolación en los tiernos brazos de Dios.